domingo, 15 de abril de 2018

RELATO: VÍRGENES Y DEMONIOS.







Cuando a mi hermana le volvieron las convulsiones, mi madre me miró atónita:

—Dios mío, este cura es un farsante. Quién le habrá dado la autorización para realizar…, pienso mandarle una carta al obispo denunciándole por mala praxis. ¡Y tú qué haces ahí parada! Vete a buscarle…, ¡vamos!

En el momento en que salía de la casa, mi madre sujetaba a Mercedes la cabeza para evitar que se golpeara contra el suelo. Contorsionaba la espalda formando una C perfecta e imposible. Babeaba.

—Es absurdo. —me dijo Don Pedro, el cura, mientras se tomaba una manzanilla salpicada con anís del Mono.— Dos posesiones en menos de un mes no es factible. Ni el innombrable tiene tanto tiempo libre.

—Los síntomas son los mismos padre, por favor, salve a mi hermanita.

Yo por aquel entonces era una sinsorga de mucho cuidado.

—Está bien… Espérame en tu casa. Voy a vestirme y a buscar los utensilios. Pero si es como dices, dile a tu mamá que esto puede deberse a que algo pecaminoso ocurre en esa casa. Las indulgencias ya sabe que se pagan. Una vez extraído el mal, estaría bien que hiciera una donación. Pero bueno, ve anda, ya hablaré yo con ella.

Volví a recorrer el mismo camino pero en sentido inverso. Mi madre había conseguido llevar a Mercedes a la cama y le pasaba un paño húmedo por la cara.

—¿Dónde está el cuervo? —me preguntó.

—Ya viene…, no debería llamarle así madre, usted misma abre la puerta a posibles peligros. Ahora quiere que le pague.

Ella me miró de tal manera que empecé a pensar que el maligno había entrado en su alma pecadora también. Don Pedro la sacó de sus pensamientos impuros cuando entró en casa a regañadientes.

—Adela, a ver, vamos a tranquilizarnos…

—¿Qué es esa historia de que le tengo que pagar?

—No se preocupe de eso en estos momentos. No es un pago, son donaciones, pero ya habrá tiempo para hablar. Comencemos con el procedimiento.

Mi madre le observaba de refilón con mala saña cuando inició por segunda vez el proceso: In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti… Repetimos con él varias frases en latín. “Ahora empezará con el dichoso nombre” me susurró mi madre. “Shh, qué le va a oir, y va a salir otra vez mal, ya verá”. Ella suspiró.

—¡Dime tu nomb…! Esperen necesito el crucifijo. —El cura se puso a rebuscar dentro de la bolsa negra que había traído. Se volvieron a escuchar susurros maternales. Mercedes parecía estar en estado de duermevela en ese momento.

—¡Joder! Perdón…, no encuentro mi crucifico señora Adela, tendremos que construir uno. Si tuviera a bien facilitarme unos cubiertos.

Se fueron los dos a la cocina. Me quedé a solas con Mercedes. Sentía un terror indescriptible. Aún así, saqué fuerzas para mirarla una vez más. Tenía los ojos cerrados. Giró la cabeza hacia donde yo estaba y los abrió de par en par, yo di un bote en la silla y me puse de pie. Fue entonces cuando me guiño un ojo y dentro de mí la estupefacción cobró protagonismo.

El cura apareció por la puerta con dos cuchillos que, atados con una cuerda, formaban una cruz; aquello me resultó del todo siniestro. Mi madre venía tras él arrastrada por la desidia.

—¡Dime tu nombre, demonio! —le gritó Don Pedro a mi hermana mientras alargaba el brazo, cruz en mano. Mercedes se irguió y le escupió en la cara.



Horas después, la misma Mercedes sonreía en la cama mientras me contaba sus propósitos:

—He tenido que inventarme algo. Mamá quería mandarme a ese internado para chicas pobres y no pienso ir, lo tengo muy claro.

Yo la observaba con una mezcla de incredulidad y admiración. Pero también con tristeza por mi inocencia, por tener tan poca malicia para la vida.

—¿De dónde has sacado ese nombre, Barrabás? Al cura le ha parecido raro.

—El otro día la maestra nos leyó un pasaje de la Biblia. Barrabás fue un hombre muy malo, por el mataron a Jesucristo, nuestro señor.

—Ahh…

Yo me quedé pensativa. Mi hermana contemplaba el techo henchida de gozo, orgullosa de sus ocurrencias, con la satisfacción de ser ganadora.

—Tengo miedo Mercedes. —le comenté entonces— Si no te manda a ti al internado, me mandará a mí. ¡No quiero, hermanita!

Se sentó en la cama y me miró con perspicacia.

—No te preocupes, renacuaja, ya ingeniáramos algo.

—Sí, haz algo por favor.



Adela cocinaba unas tristes acelgas para la cena. Eran tres en casa, tres mujeres menudas, una adulta y dos niñas que a pesar de esto, comían como bellacas. No pasaban por una buena racha. Y ahora, teniendo a su hija mayor enferma de malignidad, ya no podía enviarla al colegio interno para niñas sin recursos

No sabía cómo iba a salir adelante. La habían echado del bar donde trabaja como cocinera por haber hablado mal a un cliente que se había propasado. A veces pensaba que todo lo malo que les pasaba era culpa suya, por descarada, por no saber comportarse. Y pensó en la pequeña, aquella criatura timorata e inocente. Sería demasiado para ella mandarla fuera, pero llegado el caso…

Notó que algo se interponía en la luz que se reflejaba en la pared; una sombra había cruzado la puerta en dirección al baño. Fue al  pasillo y miró a la izquierda. Su hija pequeña se encontraba frente al espejo del pasillo, inmóvil, sin expresión alguna en los ojos.

—Hija, ¿qué haces?

No obtuvo respuesta.

—¡Niña!

Nada.

Adela no era propensa a miedos sin fundamento, pero en ese momento sintió un escalofrío. Aun así, se dirigió con paso firme hacia el sitio donde se encontraba su hija. La zarandeó.

—¡Despierta nena! Ahora eres sonámbula o que coño...

La niña pareció reaccionar, giró la cabeza y miró a su madre con expresión beata.

—¡Madre querida! La más bella y dulce de todas. ¡Mi santa madre! He sido testigo de algo excepcional, algo reservado a los espíritus más limpios, más puros.

—Pero…

—Se me ha aparecido… ¡La Virgen Santísima! A mí, a una simple niña pobre e ignorante. Y yo me he postrado ante ella. Y me ha hablado, y han sido las palabras más hermosas que han escuchado estos oídos.

—No puede ser.

—Tenemos que permanecer juntas, mamá. Solo así podremos vencer al maligno. Por eso ha venido, a advertirnos. Aunque no tengamos donde vivir, aunque no tengamos un mísero garbanzo que llevarnos a la boca, aunque la vida quiera jugar con nosotras, tenemos que ser fuertes y valientes. La unión es la única manera de derribar las adversidades. Eso ha dicho.

—Hij…

—Ahora he de volver a la cama, mami. Reflexiona sobre estas palabras. Anda, dame un abrazo.

Observó a la niña mientras se dirigía con porte sereno a su habitación y cerraba la puerta tras de sí. Le pareció escuchar unas risas; pero no, sería el desconcierto que la agitaba por dentro.

Adela se fue a la cocina y se sentó; lloraba, no sabía si de emoción o de desesperación.


miércoles, 11 de abril de 2018

LIBRO: SUMARIO 3/94






SUMARIO 3/94 (2017)

Vicente Arlandis Recuerda y Miguel Ángel Martínez



“Algo huele a podrido en Dinamarca”  se dice en Hamlet, la tragedia de Shakespeare.

Algo raro pasa al leer esta novela. Para empezar estamos ante una novela “no creativa”, es decir, no es que simplemente se base en hechos reales, sino que el libro no tiene ningún aporte literario que salga de la mente de un escritor. No crea nada ya que está compuesta por los textos (declaraciones, diligencias, autos, etc) que forman el Sumario 3/94 y que se llevó a cabo tras muerte en circunstancias violentas de una anciana.

El 25 de junio de 1994, Vicente Arlandis Ruiz, vecino de Ibi (Alicante) fue detenido por la policía por el asesinato de María José Picó Moltó, de 84 años de edad y vecina de la localidad. Se da la circunstancia de que Vicente Arlandis había denunciado días antes la desaparición de esta mujer ya que tenía una estrecha relación con ella: debido a su avanzada edad y estado mental la ayudaba en sus quehaceres diarios. Fue condenado a veintinueve años de cárcel y estuvo encarcelado en varias prisiones durante trece años. En 2016, su hijo Vicente Arlandis Recuerda y Miguel Ángel Martínez realizan una labor de investigación y selección de documentos que conforman el sumario 3/94. Vicente Arlandis siempre mantuvo que era inocente.

A pesar de la jerga policial y jurídica que se utiliza en los textos, que por otra parte es para hacérselo mirar tratándose de órganos tan serios (plagada de adverbios, arcaísmos, faltas de ortografía, mala construcción de frases, etc), el libro tiene la capacidad de introducirnos en él como si de una novela policíaca se tratara, siguiendo el caso desde sus inicios (con la investigación y la instrucción) hasta el final (con la sentencia).

Pero la más curioso que nos sucede cuando vamos leyendo la novela es la sensación de que algo no cuadra, algo no va bien. Los textos que vienen en el anexo del libro nos sirven para ilustrarnos y aclararnos esta especie de dudas que nos ha generado su lectura. La construcción de la verdad de Raquel Taranilla es de una lucidez extraordinaria (ya el título del artículo nos habla de la construcción de la verdad no de su descubrimiento). Aunque en el libro no se pretende demostrar su inocencia, se insinúa si Vicente Arlandis no fue víctima de un sistema judicial empeñado en resolver el caso, “sobreprotegiendo la validez de pruebas condenatorias y ninguneando ciertos datos… desconsiderando su presunción de inocencia”. El juez considera ciertas algunas declaraciones de testigos clave para la acusación de Arlandis sin considerar la animadversión de estos hacia el acusado. “ A diferencia de lo que ocurre con los peritos…, las declaraciones de los testigos son transcritas siempre a través de la voz interpuesta de un profesional de la justicia… decide en que forma lingüística se registran los datos, cuales son merecidas de registradas y cuales se omiten”. En este sentido no se investigó la enemistad de Arlandis y Peiró (el otro encausado). A ciertos testigos solo se les pidió que ratificaran sin volver a declarar (cerrando así la posibilidad a que pudiera haber contradicciones y lagunas) y que orientaron las informaciones hacia conclusiones perjudiciales para Arlandis.

Por otra parte “el órgano juzgador se apropia del relato escrito por la acusación… y lo copia introduciendo escasos cambios”. O lo que es lo mismo, un corta y pega de toda la vida. Hay dudas en los indicios, dudas en la declaración del principal testigo que dice escuchar una conversación y que muestra varias fisuras…

En definitiva, un libro que no se puede clasificar porque casi seguro nadie ha tenido algo así entre sus manos. Una especie de pesadilla para el acusado atrapado en la maquinaria de la justicia. Un relato que, curiosamente, habla por sí solo sin decir ni aportar nada, creando una sensación de desasosiego que nos hacer reflexionar como pocas veces.

Cien por cien recomendable.


miércoles, 4 de abril de 2018

RELATO: LOCURA






Dejé de fingir. Escuché los latidos inquietos de mi corazón negro. Comencé a andar a trompicones, con la cabeza gacha, marcando chepa. Esto es lo que quería: no dormir hasta que el sufrimiento combustionara en locura y las ojeras fueran signos de un nuevo nacimiento en la ciudad, o lo que es lo mismo, otro morir sobre el asfalto duro y rasposo. Los ropajes largos, grises, rudos como síntoma de decadencia. El hablar cáustico, aguardentoso. Las uñas largas continentes de tierras. Las axilas sin limpiar, expendedoras de olores rancios que invitan a no querer saber más. Todo ello en un solo cuerpo y en un solo alma, porque ya solo había uno, no varios adaptados a los tiempos.

¿Qué has hecho de mí, miserable dios de la avaricia y la maldad? ¿Qué nuevo invento ingeniarás en esta nada habitada por espectros?

Recuerdo que una vez amé… hasta tengo desgastada de llantos una foto en tonos grises que representa a una mujer que fue bondadosa. Fue un espejismo en el desierto, un aleteo efímero de mariposa atolondrada que se choca de forma abrupta con un muro invisible pero implacable. En color, no recuerdo nada más. Después todo fue una bruma en sepia.

A veces me sentía poderoso, cuando perseguía a los chiquillos que se sienten inmortales. Les decía las cosas que se esperaban de mí, palabras feas y soeces. Corrían como cosacos, chillaban, reían, sabían que todo saldría bien, porque siempre había sido así. Porque yo existo pero no existo. Para los progenitores era el hombre-ogro pero tontorrón que atosigaba a sus hijos. Para todo lo demás no era. Así han transcurrido años, lustros, me han parecido siglos.

Y mi alma negra es un alma hechicera. Me habla como si fuera un hermano gemelo. Me hace concluir lo que yo comienzo, me da fuerzas cuando flaqueo, me da esa contaminación necesaria para seguir enfermando… de indignidad. Sin embargo, la oscuridad en la que habito no tiene gradiente, no hay oscuro claro y oscuro oscuro. Hay oscuro infierno, y su intensidad depende de la llama que queme mis entrañas. Es como un infiernillo que se regula con una ruedita, pero en mi caso, tengo la sensación de que hace tiempo que esa ruedita se ha pasado de rosca.

Este descontrol vigilado por fuerzas que no percibo es consecuencia de ese bagaje que me autoimpuse. Y me convierte en esto que soy actualmente. Nunca llegué a pensar que llegaría a no sentir, o mejor dicho, que sintiera placer doloroso en mis propios tormentos. A mi me gusta llamarlo anomalía, o desvío de lo convencional. Otros entendidos, o más bien creídos en la materia, lo llamarían trastorno paranoide y autodesctructivo con tendencias antisociales. O algo así.

Los espectros siguen su camino como autómatas, mientras yo voy en dirección contraria. Ellos tienen el ánima repleto de residuos electrónicos y yo de sentimientos incurables. No hay posibilidad de conexión con los espectros. Ni siquiera una suerte de cortocircuito que haga saltar chispas. No hay vida y no hay esperanza, solo una nada que lo agita todo. Y que me vuelve loco.


domingo, 1 de abril de 2018

CINE: EL AUTOR.




EL AUTOR (2017)

Manuel Martín Cuenca (El Ejido, 1964)





Vale, vale esta bien…,¿Cuántas veces he dicho que es absurdo poner nombres anglosajones en los relatos en castellano, que es ridículo? Callahan, ¿quién coño se llama así en Sevilla? ¿Usted qué quiere contarnos, de que va eso que tiene ahí? No he visto en tres años una línea de algo que ha pasado ¡Cuénteme algo, no sé, algo con alma, cuénteme cómo se hace usted una paja, cuénteme usted cómo me odia!...

Esta delirante cita no es literal, es aproximativa y se desarrolla en un taller de escritura al inicio de la película El autor. Es un monólogo del despótico profesor del taller (Antonio de la Torre) hacia uno de sus alumnos, el humillado Álvaro (Javier Gutiérrez). Supone un punto de inflexión en la vida de este último, obsesionado en hacer “verdadera” literatura (¿qué es eso?).

En este film, basado en la primera novela de Javier Cercas, El móvil, se cuenta la vida de un personaje bastante peculiar.



Álvaro tiene un trabajo anodino en una notaría pero lo que él quiere es dedicarse a la escritura, y no solo eso, quiere escribir bien, como lo hacen los escritores lúcidos y con talento, no como su mujer, que es una vendedora de best-seller de pacotilla. Cuando la pilla liándose con otro y se separan, decide llevar a cabo su gran proyecto jaleado por el profesor antes aludido (todo un personaje como descubriremos más adelante): realizar una gran novela a pesar de no tener mucha imaginación ni ser realmente brillante. Para ello está dispuesto a cualquier cosa: espiar a sus vecinos, liarse con la portera cotilla, intentar cambiar el destino de las personas manipulándolas…, todo con tal de crear contenido para su obra. Y lo hace una vez puestos los “cojones sobre la mesa” (literalmente). Él quiere algo grande y para ello ficciona la realidad, pero a veces la realidad no le da lo que quiere y ahí surgen los problemas. No es capaz de entender que puede haber gente más avispada e inteligente que él.


Catalogada como comedia negra, esta gran película es una historia rarilla, perversa, turbadora, de envidia malsana, de un tipo que está dispuesto a lo que sea para lograr sus objetivos a pesar de correr el riesgo de que su vida se convierta en una mierda o algo peor.


En resumen, un individuo vulgar, sin vida propia, que se vuelve inquietante y peligroso. La película es retorcida y tiene una carga de crítica bastante importante. Es por eso que se ve con cierta inquietud. ¿En serio somos así o hay gente así? La respuesta podría incomodarnos. Y nos encontramos con los diversos personajes que cualquier arte nos puede mostrar: aquellos que “triunfan” sin supuestamente merecerlo, los petulantes, los perdedores que fracasan y buscan alternativas, o aquellos que intentan buscar algo dentro de sus entrañas sin saber si tienen algo que mostrar. Y luego está la sociedad que les rodea, víctima o cómplice de sus artimañas.

Hay que hacer una reverencia a Javier Gutiérrez por su interpretación. Sus registros son tan amplios, es tan camaleónico y versátil, que por algo es el actor omnipresente en las películas españolas. No me extraña, está totalmente justificado. Al igual que la labor de Antonio de la Torre, otro de los asiduos;  aquí en un papel diferente, haciendo de “mesías” de escritores aficionados.   


En conclusión una película pausada pero que atrapa, con algún que otro giro inesperado, tortuosa, chocante y por supuesto, fascinante.

Como dato curioso, la banda sonora está compuesta por José Luis Perales.

Trailer de la película


 

sábado, 24 de marzo de 2018

RELATO: LOBOS







Siendo una niña, me dijeron que las telas de colores no estaban hechas para mí.

Cuando tenía seis años y a raíz de la muerte de mi padre, a alguien se le ocurrió teñir de negro unas sabanas viejas y roídas. Paca, la costurera del pueblo, me hizo un vestido rígido y sin formas hasta el tobillo con ellas. Era curioso, porque cada vez que lo lavaba, el tinte se iba yendo y con el tiempo acabó siendo una cosa color mierda grisácea que me hacía parecer más una pordiosera que una niña de luto perpetuo. Mi padre se había muerto cayéndose borracho de un manzano, y ante muerte tan estúpida, en mi familia se decidió tácitamente que había que llevar esa vergüenza con la más absurda y estricta de las penitencias. A mi hermana, que era bastante más fea que yo y no la auguraban un buen matrimonio, la metieron monja en un convento. Mas adelante, mi madre, con sus dos padres viejitos y ocupada todo el tiempo en cuidarles, me mandó interna a una casa a ayudar a la señora. Tenía trece años y ya había heredado todo el ropaje oscuro y tenebroso de mi pobre hermana. Al menos, era comprado y tenía algo más de calidad que mis andrajos mal cosidos a mano.

Llegué a aquella casa con el hatillo al hombro que mi madre me había encasquetado con los escasos enseres que poseía: muda de repuesto, otro vestido igual al que llevaba puesto y un peine (“por si no te dejan usar el de la casa” ). La señora con su semblante de máscara mortuoria, se formó una imagen en la cabeza de lo que yo era o podría llegar a ser, y me hizo la cruz. Su primer castigo ante futuribles, fue hacerme dormir en la bodega, acompañada por botellas de vino reserva y unas simpáticas mascotas de rabo largo y mirada inquisitiva que hubieran hecho las delicias de cualquier niña poco acostumbrada a la oscuridad.

Por arte de birlibirloque sus fantasías funestas se hicieron realidad y en cuanto fui radiografiada por su marido, un engendro de metro y medio con semblante resabiado y dientes de conejo, tuve la ingrata sensación de que mi estancia allí iba a ser más dura de lo que mi ingenua imaginación había previsto.

El destino parecía querer jugar un morboso juego conmigo, pero no estaba dispuesta a perder la partida. El señor picoteaba por la cocina haciéndose el distraído o con la excusa de aleccionarme en la ardua tarea de ser una chica decente: “No te fíes del mozo de la cuadra que tanto te mira ni en los chicos de tu edad, todos buscan lo mismo”. Pobre chico deslomado…, bastante tenía con realizar sus quehaceres y poder llevarse algo a la boca a lo largo del día. Ni siquiera llegué a entablar conversación con él.

La vida cotidiana de estos dos señores de la casa eran un misterio para mí; ella siempre estaba sentada bordando algo y mirando por la ventana, y él tenía un despacho donde gestionaba asuntos supuestamente trascendentales del que salía cada cinco minutos para posarse en cualquier esquina de la casa y fisgonear sin ser percibido. A pesar de ser los amos de la casa, el cotilleo no estaba bien visto en nadie.

Un día estaba en la cocina haciendo un pastel de manzana. Aunque mis labores supuestamente se limitaban a la limpieza de la casa, también me encasquetaron el puesto de auxiliar de cocina y repostera, ya que trabajar la masa no le gustaba a nadie.

Las rodajas de manzana me estaban saliendo demasiado gordas; siempre me decían “más finas, muchacha, más finas”, así que llevaba vendajes en casi todos los dedos por intentar adelgazar los trozos casa vez más con cuchillos mal afilados. Estaba harta, se comerían el postre medio crudo y lleno de grumos. Esa vena de orgullo que me salía de vez en cuando me había traído más de un disgusto en forma de toñejas varias, pero a veces compensaba. 

Una mano surcada por venas abultadas y violáceas se posó en mi hombro y comencé a escuchar un respirar ronco y entrecortado cada vez más cerca de mi oreja. El hedor a sudor rancio mezclado con tabaco de mascar era nauseabundo. El desayuno se me subió hasta la glotis. Poco después sentí unos dedos temblorosos subir desde la rodilla hasta el muslo derecho. Me quedé quieta mirando el tarro de azúcar. Escuchaba las exhalaciones de aire cada vez más cerca y eran cada vez más ruidosas. Fue entonces cuando reaccioné. Volví a coger el cuchillo con el que había estado cortando las manzanas y con un golpe seco se lo clavé justo en el centro a la mano que tenía en el hombro izquierdo. Un aullido me perforó el tímpano y el viejo comenzó a arrebujarse en el suelo por el dolor. Todo sucedió muy rápido: pasos cortos y acelerados por toda la casa, varios gritos femeninos y “¡Rápido, llama al médico!...

Me quité el delantal (no sé por qué, era un gesto mecánico supongo) y salí al jardín. Allí todo estaba un poco más sereno, el aire estaba limpio y hasta el perro me miraba con dulzura. Otra vez me había quedado en un estado de ensimismamiento. Tuve que escuchar un “esa zorra” a lo lejos para percatarme de nuevo de la situación. Comencé a correr hacia el bosque.

Corría rápido pero de forma mecánica, como por inercia. A mi espalda me llegaban ruidos y algarabías que se fueron alejando primero y acercando después. Me dirigí hacia el bosque sin pensarlo muy bien. Cuando me daban alguna hora libre muy de vez en cuando, siempre acudía allí a tumbarme sobre la hierba a dormir un poco. Justo cuando iba a entrar en la espesura que formaban los árboles escuché un disparo, noté el impacto en la espalda y caí de morros al suelo.



Me levanto con una ligereza inaudita y dejo mi cuerpo allí tirado. Mi intención de ir hacia el bosque sigue intacta. Un lobo me recibe a la entrada y me hace un movimiento de cabeza para que le siga. El silencio se rompe por el zumbido del aire al chocar contra las ramas. Llego a una especie de asamblea. Unos animales adultos están discutiendo sobre cosas importantes, intuyo por el semblante de sus caras. Una lechuza me mira (¿no debería estar durmiendo por el día?) y me señala con el pico a un grupo de cachorros, gazapos, lobeznos y demás pequeños que están jugando a morderse las orejas. Cuando sean mayores estos juegos serán más serios, supongo. No sé si me van a acoger de buen agrado así de entrada y prefiero ir a jugar sola. Empiezo a trepar por un roble que debe ser centenario por el grosor de su tronco. Llego a las ramas más altas y allí me acomodo, puedo observar todo lo que me rodea con tranquilidad. Es curioso, ya no hay casas ni restos de civilización, solo un tapiz verde salpicado por árboles y matojos.

Miro a la loba que me ha traído hasta aquí (ahora sé que es hembra) y me hace un gesto de reprobación, pero yo sonrío como nunca lo había hecho. Hace tiempo que quería subirme a un árbol sin miedo, sintiéndome inmortal. Al fin y al cabo ese tipo de cosas son las que hacen los niños, ¿no?


domingo, 18 de marzo de 2018

LIBRO: LA PLAYA DE LOS AHOGADOS.




LA PLAYA DE LOS AHOGADOS (2009)

Domingo Villar (Vigo, 1971)



Domingo Villar es un periodista y escritor gallego de novela negra que en 2006 presentó al inspector Leo Caldas en la novela Ojos de agua. Este libro consiguió varios premios pero yo, con mi despiste habitual, comencé a leer la serie con la novela que le sigue a esta: La playa de los ahogados. Aunque es cierto que no hace falta leer la primera para seguir sin problemas la lectura de la segunda, hay datos que indican una antecesora (yo, insulsa de mí, percibí las situaciones como un sugerir, un querer decir pero no).



Y dicho esto que poco aporta realmente, pasemos a hablar de La playa de los ahogados que es un libro atrayente en varios aspectos: tenemos un muerto y una investigación en marcha, relaciones entre personajes muy interesantes y sobre todo una ambientación detallada y preciosa en un pueblo gallego llamado Panxón.

Una mañana el cadáver de un marinero llamado Justo Castelo aparece ahogado en la playa. Lo que en principio parece un suicidio, poco a poco se va convirtiendo en asesinato ante las pruebas forenses y las circunstancias del caso. Entretanto y relacionado con este hecho, sale a relucir una historia acerca de un misterioso naufragio ocurrido unos años atrás en el que murió el capitán del barco Xurelo.

El tranquilo y solitario Leo Caldas se hará cargo de la investigación junto a su compañero, el impulsivo e impaciente aragonés Rafael Estévez.

Es una delicia la forma de narrar que tiene Villar y su manera de describir la manera de ser y de vivir de un pueblo costero gallego. Su temperamento y personalidad, su gastronomía, el paisaje, aspectos puntuales en la forma de ser de los personajes como la  superstición…, son tratados de una manera rigurosa pero también con cierta ternura diría yo: “el” repetir las preguntas constantemente sin obtener respuestas, hablar sin decir apenas nada, ese humor seco y certero. En casi todo el libro, que está repleto de diálogos, se puede apreciar una ironía o un humor muy fino pero de agradecer. Es un libro de misterio e investigación policial para leer con sosiego, deleitándose con las conversaciones. Una de las cosas que más me ha gustado es la naturalidad de las relaciones entre los personajes; son individuos con mochila pero no se percibe desesperación o situaciones al borde del precipicio. Las personas se mueven en un vaivén pausado, con giros que no te dejan k.o. y una tierna relación entre un padre y un hijo en la que no hay reproches, desaires (al menos buscados) y sí mucho amor y respeto. “El libro de los idiotas” que tiene el padre de Leo Caldas ha sido todo un descubrimiento para mí, igual escribo uno parecido (quien haya leído o lea la novela sabrá a qué me refiero).

Gerardo Herrero es un director de cine al que parecen gustarle bastante las adaptaciones de libros como Malena es un nombre de tango de Almudena Grandes o Territorio comanche de Arturo Pérez-Reverte. (Esta última quizás sea para mí una de sus mejores películas, pero la vi hace tiempo, tendría que revisarla. ¿No os pasa que películas que os entusiasmaron hace tiempo pierden mucho con una segunda visión en la actualidad? Lo contrario rara veces sucede).


En este caso, aunque para mí gusto el libro supera con creces a la película, creo que la esencia de lo que se quiere contar está muy bien narrado en el film, que se hace agradable de ver y se sigue con interés. Carmelo Gómez (Leo Caldas) y Antonio Garrido (Estévez) saben perfilar bastante bien sus personajes y darles credibilidad. Y algunos secundarios están de lujo. Algo que me sucedió con la película es que la serenidad del paisaje y las gentes hace que el misterio se vuelva quizás demasiado complejo y forzado; con el libro no pasa porque el autor tiene páginas y páginas para explicarlo. Esto último suele ser, creo, uno de los principales problemas de las adaptaciones: poco tiempo para mucho meollo; intentar casar las cosas con parches rápidos le resta credibilidad a la historia.


Otro de los inconvenientes de este film es que se estrenó poco después de que lo hiciera La isla mínima, y nada que se estrenara en la época resistía comparación con este peliculón. (Bueno sí, quizás la serie americana True Detective: primera temporada, pero aquí hablamos ya de lo sublime, de lo insuperable).



Trailer de la película


viernes, 9 de marzo de 2018

RELATO: "BELLAS" ARTES.






Pero, acérquense, acérquense sin miedo…

El señor descansa en la cama fría de hospital. Pero no está en un hospital. Tiene la cara roja, acalorada, y eso que el ambiente no sobrepasa los veintidós grados expresamente establecidos como máximo para una mejor conservación de las obras. Las sábanas son de un blanco nuclear, se las cambian todos los días por la noche, cuando todo está en calma. Por las mañanas le asean, le perfuman y le peinan. Ya solo le quedan cuatro pelos, pero le hacen una exquisita raya al lado. Le han comentado que a poder ser, se mantenga boca arriba con las manos (entrelazadas o no) sobre el regazo. Tiene prohibido hacer movimientos bruscos o aspavientos.

Por favor, hagamos un círculo alrededor…

Al principio le daban un poco de color en el rostro, pero aquello no tenía sentido o no era el sentido qué buscaban. Así que dejaron de hacerlo, e incluso alguien sugirió que le podían marcar un poco más las ojeras. Pero se desestimó. Buscaban naturalidad, esa naturalidad que solo puede ofrecer la evolución sin retoques de la vida. Este hombre, que ahora cuenta con ochenta y cinco años y observa el revuelo que se produce a su alrededor, recuerda su juventud anodina y casi le provoca una carcajada. Pero se reprime, no vaya a ser que le caiga una reprimenda.

Bien, vamos a pasar a la explicación, un poco de silencio…

El hombre intenta no prestar atención a lo que ocurre a continuación. Se sabe de memoria la perorata. Mira al techo y se percata de que está desconchado, ¡qué ironía! Bueno, quizás no; tal vez esté hecho ad hoc. Los espectadores han hecho ya un semicírculo alrededor de él y le contemplan escrupulosamente con sus gafas académicas, unas barbas muy acordes con el momento y sus trajes estilo casual. Unos portes muy estudiados. Bohemio chic se dice así mismo el anciano. Algunos incluso tienen unas lustrosas agendas donde toman apuntes. En estos casos todavía se estila escribir a mano (estamos hablando de arte), y esos rectángulos electrónicos se dejan para historias más mecánicas o frías.

 —Bien, aquí tienen la nueva obra adquirida por el museo. Cómo saben, ha estado viajando por los mejores museos de arte moderno del mundo, desde el MoMA de Nueva York hasta el centro Pompidou de París. Por fin lo tenemos entre nosotros Decadencia del artista cuyo nombre todavía no ha salido a la luz, pero su obra conceptual está teniendo el éxito que todos esperábamos desde que expuso su primera creación en el Centro de Investigación de Nuevas Vanguardias en la Cultura Contemporánea.

Decadencia o la sublimación de lo tácito, la experiencia del sentir a través de la visualización de algo a lo que estamos acostumbrados pero que no nos paramos a interiorizar. El cuerpo como cáscara que nos envuelve y su decrepitud. El alma que se desboca al contemplar a un contemporáneo en el final de sus días. Esto nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Es el ser humano el centro del universo? ¿Hasta que punto controlamos nuestro entorno, nuestro hábitat?...

 Se ha dormido; pero acto seguido se ha despertado sobresaltado con su propio ronquido. Ahora respira de forma ruidosa hasta que consigue calmarse. La gente le mira incrédula y algo horrorizada. El guía se mueve algo inquieto.

 —El ruido… es una parte importante en la obra de nuestro artista. Él es un vanguardista. Ha pasado largos años experimentando con la intención de innovar un arte que le aburría porque no conectaba con el ser humano. Con Decadencia la estética, lo visual pasa a plano preferente con el objetivo de provocarnos sentimientos. Es la primera figura en movimiento que nos encontramos en el arte, un ser humano, un sujeto con su vida a punto de agotarse y de cuya muerte podemos ser ¡testigos únicos en cualquier momento! Aunque el objeto de la obras está bien definido, el artista ha querido dejar a la subjetividad del espectador sus diferentes interpretaciones. Ahora quiero que dediquen unos minutos a una minuciosa observación y, por favor, déjense llevar por…

 El hombre suspira una vez más. Recuerda cuando le encontraron durmiendo en entre unos cartones en un cajero automático. Al principio pensaba que eran unos gamberros que le quería dar una paliza, pero no…, era algo más rebuscado. En el contrato firmó que, a cambio de comida, ropa y cama, formaría parte de la colección del Artista hasta el final… Pero ¿y si ahora se levantara y se marchara por la puerta a dar un paseito por la avenida principal?, ¿qué podría pasarle?

Sonríe para sus adentros, no le apetece salir a la calle a buscarse la vida. Que le miren, que le observen y le escruten los muy idiotas…, él está muy calentito en la cama.